Hoy veníamos de comer en uno de los restaurantes japoneses de la zona, Ikigai, probablemente el mejor en su especialidad. El dueño, exchef de un hotel local, dejó la hotelería y montó su propio negocio. En pocos años cambió un par de locales hasta que, por fin, encontró el lugar indicado. No es un sitio bonito —como ocurre con la mayoría de los establecimientos fuera de los hoteles y recintos cerrados en Punta Cana—, pero compensa la fealdad del espacio con una decoración de imitación japonesa: grandes murales en las paredes con samuráis y peces de colores y, sobre todo, una cocina adaptada a los gustos caribeños que combina los famosos rollos de arroz con camarones, mango, plátano y aguacate. Un lujo, la verdad. Si alguna vez se acercan, les aconsejo que no se sienten cerca de la cocina si no desean anunciar a los cuatro vientos —y nunca mejor dicho— dónde han almorzado, y que pidan el tuna poke, un plato completo con atún marinado, arroz y algas que me hace salivar incluso mientras escribo estas líneas.
Cuando subíamos en dirección a casa, en pleno atasco del conocido cruce del Coco Loco, un niño se acercó a nuestro coche. Apenas alcanzaba la altura de la ventanilla con su cabeza; nos hacía gestos pidiendo dinero porque tenía hambre, llevándose las dos manos a la boca con grandes movimientos de sus pequeños brazos. Flaco, con los ojos vivos, el pelo del tamaño del musgo de un pesebre y la misma consistencia, mostraba una media sonrisa ensayada seguramente mil veces con el infalible método del prueba-error.
Abrí la ventanilla y le pregunté qué hacía allí. “Pido para comer”, me dijo. Luz, mi esposa, le dijo que entrara al coche, pues el atasco comenzaba a filtrar algunos vehículos y nos preocupaba la seguridad del niño. Sentado en el asiento trasero, callado y vergonzoso, nos pidió si podíamos llevarlo a un restaurante de comida rápida cercano, ese del pollo frito. Accedimos y nos desviamos unos minutos para comprarle un menú de pollo rebozado, patatas grasientas y agua saturada de azúcares y gas. Blanco —que así se llamaba— sonrió al poder escoger él mismo su menú en una pantalla táctil con fotografías agrandadas de las opciones. Mientras elegía, noté que, a pesar de tener unos ocho años, no sabía leer.
Cuando, desde la barra, lo llamaron por su nombre, nos miró lleno de sorpresa y quizá de temor por si le harían pagar el pedido. Vestía una camiseta vieja y desteñida del Barça con el nombre de Messi en la espalda, aunque no sabía ni de quién se trataba ni, seguramente, que llevaba ese nombre, y unos pantalones de bañador tres tallas más grandes. Regresó a la mesa con una bandeja repleta: una hamburguesa gigante, un vaso lleno de patatas y otro de refresco con hielo. Agarró la hamburguesa con las dos manos y se cubrió de salsa hasta casi las orejas. Mientras comía, Luz le daba conversación y yo fingía leer las noticias en el celular.
A media hamburguesa dejó de comer y nos pidió si podía llevarse lo que le faltaba. Extrañados, le preguntamos si no tenía más hambre, y nos dijo que sí, que tenía mucha porque hacía tiempo que no comía, pero que con él vivía su hermana, que estaba en la misma situación, y quería llevarle su mitad de su almuerzo.
Me levanté, volví a la pantalla táctil y seleccioné un par de menús más. Esta vez, para llevar.