Hace casi cuarenta años estaba sentado en un banco del centro de estudios donde cursaba penúltimo de Administración de Empresas, fumando —sí, entonces se podía fumar en todas partes—, cuando apareció la coordinadora para decirme que en recepción había un señor buscando un contable y que pensaban recomendarme a mí.
—¿No piensas trabajar o qué? —me interpeló.
La verdad es que, con dieciséis años recién cumplidos, ni siquiera había contemplado esa posibilidad.
Por entonces llevaba una camiseta negra con el logo de mi grupo favorito, Deep Purple. La señora María Gil, que así se llamaba la coordinadora, me acompañó por las aulas hasta encontrar un alma caritativa que me prestó una camisa y un peine. Ella misma me adecentó antes de presentarme a la persona que cambiaría mi vida.
En recepción esperaba un hombre no muy alto, más bien regordete sin llegar a gordo, con una sonrisa franca y un marcado acento maño. Me saludó y, al hacerlo, no pudo evitar lanzar una mirada de duda desesperada a la coordinadora.
—Es el mejor de su clase —le dijo ella—, aunque un poco rebelde.
José María Campo, mi futuro jefe, me estrechó la mano y me pidió que lo acompañara.
Subimos a un SEAT Marbella, un cacharro que sonaba como una locomotora, y me llevó hasta un polígono industrial situado a media hora del centro de estudios. No recuerdo de qué hablamos durante el trayecto. Imagino que intentaba disipar las dudas que mi aspecto y mi actitud algo chulesca le habían provocado.
Allí mismo me contrató. Sin hablar de sueldo, ni más condiciones que la hora de inicio: las ocho de la mañana del día siguiente y jornada de medio tiempo mientras duraran los estudios.
En aquel lejano 1985 vivía, por supuesto, con mis padres, en un pueblo situado a treinta kilómetros de mi nuevo trabajo. No tenía más opciones de transporte que tomar un tren a las seis de la mañana, un autobús a las siete y caminar después un buen trecho hasta la empresa. Llegué puntual, aunque empapado en sudor.
Me enseñaron las instalaciones, el primer ordenador que había comprado la compañía y me explicaron cuáles serían mis funciones. Todo me pareció tan sencillo que no podía creer que alguien estuviera dispuesto a pagarme por hacerlo.
Al día siguiente, cuando salí de la estación para tomar el autobús, me encontré con una sorpresa: mi jefe me esperaba junto a la salida del andén. Me llevó a desayunar y después al trabajo. Aquella rutina se mantuvo durante varios años, hasta que conseguí el carné de conducir y pude comprarme un coche para ir por mi cuenta.
El día que entré en la compañía, junio de 1985, trabajábamos cuatro personas: los dos dueños (mi jefe y su socio), un chaval que preparaba pedidos en el almacén y yo.
El día que me marché, noviembre de 2006, éramos más de 70 personas, una facturación impresionante y un referente nacional del sector.
Fueron veintiún años llenos de anécdotas y vivencias en los que aprendí casi todo de casi todo. Años en los que disfruté de la confianza absoluta de aquel hombre que fue a buscarme con dieciséis años y que me pagó el desayuno cada mañana hasta que cumplí los dieciocho. El que fue, sin ninguna duda, mi segundo padre. Un hombre al que quise profundamente y a quien sé que decepcioné el día que me marché.
Muchas veces me pregunto qué habría sido de mi vida si nunca me hubiera ido, si no hubiera venido a trabajar al Caribe. Evidentemente, sería peor por una razón muy sencilla: mis hijos son dominicanos, y eso jamás habría ocurrido de haberme quedado allí. Aun así, siempre me ha acompañado la sensación de no haber sabido expresar cuánto le debía a José María Campo, cuánto lo admiré y cuánto lo quise.
En estos más de veinte años viviendo en República Dominicana he pensado mucho en él. Perdimos el contacto porque terminé comprendiendo que mis llamadas y mis visitas parecían incomodarlo más de lo que lo alegraban.
Y hoy, además, he soñado con él. Nos encontrábamos en un autobús —¡no creo que ninguno de los dos haya cogido uno en décadas!—, nos reconocíamos y me invitaba a desayunar.
Me he despertado feliz.
Y he querido escribir estas líneas porque, sin él, jamás habría sido la persona que soy. No habría conseguido los éxitos —que para mí sí lo son— de mi vida profesional, ni habría tenido la confianza en mí mismo que él me transmitió al confiar en mí desde el primer día.
Todos necesitamos un José María Campo en la vida, y yo tuve la fortuna de toparme con el original.